Sale de Europa, y tras cruzar 1.777 kilómetros, se adentra en Asia a través de la interminable taiga, estepa y desierto. Cuando el convoy llegue a Vladivostok y sus costas del Mar de Japón, habrá atravesado un espacio de ocho zonas horarias y recorrido un total de 9.289km (un tercio de la vuelta al mundo). Atrás quedarán toda Siberia y parte del Asia Central; túneles de hasta siete kilómetros de largo; 14 regiones, 3 territorios autónomos, 2 repúblicas, 1 región autónoma, y 1 distrito autónomo; el lago más profundo del mundo (el Baikal); 87 ciudades; y 16 inmensos ríos cruzados por puentes de hasta más de dos kilómetros de longitud.

Pero siendo espectacular el viaje físico, sin duda alguna, lo más interesante es el contacto humano. Y es que en Rusia, los trenes son la herramienta básica para todo aquél que quiera conocer a las personas de diferentes nacionalidades y etnias que lo pueblan. Los vagones son el lugar donde se entablan conversaciones, se crean nuevas amistades y se comparte la comida y bebida entre calor humano y compañerismo de grupo.
Aunque agradable la estancia en el tren, en los siete días de viaje que dura el trayecto, conviene hacer alguna parada para descansar y conocer algo mejor los vestigios de la Rusia imperial, actualmente cruce de tres mundos diferentes. El primero, occidentalizado, rico, ambicioso y engreído, restringido a Moscú, donde las tiendas exhiben las últimas novedades mundiales. Pero por encima de esta ilusión financiera, el segundo y tercero reflejan la situación real de la mayoría de la población y el territorio donde la globalización se hace camino a duras penas. Así, mientras las aldeas y pueblos parecen no haber salido de la época zarista, las ciudades y capitales ofrecen una estampa visual anclada en la época soviética aunque barnizada con los destellos de un capitalismo salvaje, ramplón y mafioso.

Los días previos a la partida de nuestro tren al lejano oriente ruso, los pasamos en casa de Igor, el cuñado de nuestro amigo Daniel. En un suburbio de estilo soviético, lejano del centro pero con las mismas pretensiones modernas gracias a la decoración adquirida en uno de los dos centros que IKEA tiene en la capital rusa. Allí, cenamos rodeados de amigos antes de partir de a la una de la madrugada rumbo a Khabarovsk, ciudad a escasos 1.000 kilómetros de Vladivostok.

Esa última opción fue la nuestra, Kupe (tercera clase). El tren partió casi completo de Moscú, y desde el principio, pudimos ver lo que tantas veces habíamos visto en los trenes rusos: la apropiación del espacio por parte de los viajeros. Zapatillas de casa, pijamas, batas y todo tipo de comodidades hacen de los vagones una estampa propia de la sala de estar de cualquier hogar. (Continuara...).




2 comentarios:
me lei entero tu escrito del transiberiano
simplemente espectacular
abrazos de Chile
Muchas gracias :=
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