2007/12/19

Un imperio en los raíles (2)

En el viaje, de vez en cuando, el tren toma un respiro en una de las muchas estaciones que pasa. Las paradas previamente tienen estipulado los minutos de avituallamiento para los viajeros. Nunca superan los 40 minutos, y a veces, no son más que unos apurados diez minutos. De todas maneras son suficientes para comprar comida, agua o cualquier tipo de bebida.

En cuanto se desciende de las escaleras del tren, pronto se forma un tumulto de gente que empieza a cantar los productos que vende. Componen un ejército las vendedoras que se juntan alrededor de los vagones. Las mujeres jubiladas venden todo tipo de comida preparada en sus casas. Patatas cocidas (e incluso fritas), pollos asados, bollos rellenos de carne, de col, patata cocida o salchicha, dulces caseros, plátanos, moras, bayas, frambuesas... E incluso ramos de flores recogidos del monte o de sus propios jardines. En cambio, los y las más jóvenes, tienden a dedicarse a la venta de productos manufacturados como bebidas gaseosas, cervezas, helados o paquetes de pan seco ahumado con diferentes sabores. Y una vez que el tren se adentra en las tierras del lago Baikal (Siberia), los vendedores ofertan un nuevo producto: pescado ahumado. Un pequeño manjar culinario que se agradece tras cuatro días de viaje.



Muchos son los que aprovechan para hacer una parada en Irkutsk, capital de Siberia oriental y a donde Miguel Strogroff viaja en la famosa novela de Julio Verne. La razón principal de la parada estriba en visitar Listvyanka, una pequeña y agradable población del Baikal. Allí, con un indudable sabor vacacional, se puede hacer turismo rural, admirar las cristalinas aguas del lago, tostarse en las playas, disfrutar de pescado ahumado y visitar montañas, islas y pueblos del Baikal. Aquí la naturaleza es grandiosa. La perla de Siberia (como es conocido el lago) tiene 636 kilómetros de largo, 60 kilómetros de ancho y 1637 metros de profundidad que alojan al 20% de las reservas de agua dulce del planeta.

La siguiente parada del Transiberiano es Ulan Ude, capital de la bella República Buriatia. Los buriatos son un pueblo mongol divididos entre tres estados: Rusia, China y Mongolia. Su situación en Rusia es crítica, ya que hoy en día no representa más del 25% de la población de la República a la que dan nombre. De rostro indígena de la zona, y culturalmente (lengua turcomana, religión budista...) muy diferentes a los eslavos, malviven en una situación extremadamente pobre y en muchos casos alcoholizados.

Su capital es famosa por albergar el busto más grande de Lenin. Pero además, Ulan Ude es un cruce de caminos. Pues aquí tras compartir más de 5.000 kilómetros de línea férrea desde Moscú, surge un ramal del transiberiano para viajar a Pekín a través de Mongolia, el Transmongoliano. Un poco más adelante en el recorrido del transiberiano, se llega la ciudad de Chita donde nace otro ramal, el Transmanchuriano, en este caso para viajar a Pekin a través de Manchuria y su capital Harbin. Aunque nuestro tren, no tomó ninguno de estos, pues su objetivo era Khabarovsk.

Khabarovsk está sólo a 25 kilómetros de China, y no demasiado lejos de Corea y Japón. Esta cercanía, ha facilitado el acercamiento progresivo de empresarios de estos países para hacer inversiones económicas. Pero a pesar de ello, la ciudad, con su preciosa arquitectura de principios del siglo XX, la típica construcción soviética de los suburbios, y la presencia mayoritaria de eslavos, destila un indudable sabor europeo.

La ciudad es atractiva por su belleza y ambiente. Sus calles centrales, sus mercados, sus playas y las riberas del río Amur son invadidas por habitantes, y sobre todo, por turistas rusos. Sus parques, amplios y boscosos, también son punto de encuentro, especialmente cuando el sol más aprieta.

Pero una vez dejamos atrás Khabarovsk, el tren nos llevó al punto final de la vía ferroviaria: Vladivostok, el lugar donde se iniciaron las obras de construcción del Transiberiano en 1891. Aunque el tendido de las vías no se terminó hasta septiembre de 1904, y no estuvo totalmente en funcionamiento hasta octubre de 1905.



El viajero cuando llega a la preciosa estación de Vladivostok siente la brisa del mar con alivio por el fin del traqueteo del tren. Y una vez pisa la calzada, recibe el saludo de una inmensa estatua de Lenin que animosa señala con su dedo la dirección de Japón.

Hasta hace poco más de una década, la ciudad era secreta por su indudable valor geoestratégico y militar. Hoy, en cambio, sus calles, hermosas y animadas, se llenan de grupos de turistas japoneses, coreanos y chinos. Y desde luego, hay grandes motivos para ello. Están por una parte los atractivos monumentos del régimen soviético anterior (especialmente venerados por los chinos), pero sobre todo, el mayor reclamo es la ciudad construida en colinas, todas ellas rodeadas de mar gracias a la bella bahía del Cuerno de Oro.

Sus islas y playas también son reclamo turístico. Los paseos junto al mar entre rostros orientales, eslavos y mestizos muestran el típico ambiente ocioso de una ciudad de veraneo. Bares, terrazas, chiringuitos de comida, helados... Y parrilladas de carnes, de mariscos y demás comidas rusas.


De Vladivostok, viajamos en tren a Harbin, capital de Manchuria, allí conectamos con el Transmanchuriano para llegar a la capital de China. Un nuevo país, una nueva mentalidad, y sobre todo, un nuevo concepto de economía. Mucho más dinámica, salvajemente capitalista igualmente, pero con una mayor intervención del Estado. Paradójicamente, estábamos ante la versión Neoliberal del Capitalismo Rojo.



Finalmente, desde Pekín tomamos el Transmongoliano que nos llevo a Ulan Baatar, capital de Mongolia. Un país o más bien una ciudad, disputada por rusos, chinos y estadounidenses. La pobreza es indigna en la capital, todo lo contrario que en el campo, donde los nómadas, pobres materialmente, son ricos de espíritu, cultura y formas de vida. Tienen el mejor tesoro que se podría tener. Un país de paisajes vírgenes y aún sin expoliar y urbanizar.


El tren no esta electrificado en Mongolia, y suena potente la locomotora que arrastra el Transmongoliano que nos devolvió a tierras de los zares. Primero a Ulan Ude, luego Irkutsk... Y Moscú. La ciudad de los sueños con fecha de caducidad precoz.